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El trabajo rural Editar

En las primeras poblaciones que se asentaron en suelo entrerriano no tuvo demasiada vigencia la división entre peninsulares y criollos, ni el carácter aristocrático de la sociedad colonial. En general, las profesiones manuales fueron consideradas por el español que venía a América como inferiores a su jerarquía, pero en Entre Ríos, y particularmente en el Arroyo de la China, hubo peninsulares que las ejercieron, si bien es cierto que habitualmente ellas eran menester reservado a los criollos, mestizos o esclavos.

En la segunda mitad del siglo XVIII, anulada ya la resistencia bravía del indígena, la principal actividad de los primeros pobladores fue - según hemos visto - el recogimiento del ganado y la extracción del cuero. Continuas vaquerías hicieron necesaria la utilización como peones de indios y mestizos para los largos arreos y la posterior matanza.

Pero además, generalmente marginados de la legalidad, trabajaban también los denominados changadores. Un antiguo documento hace referencia a aquellos hombres que introducen cueros robados a los portugueses, que generalmente llaman changadores, los cuales no tienen paraje alguno para su existencia, pues unas veces se hallan en la Colonia (del Sacramento), donde es sagrado su asilo, y otras entran a la campaña con buen avío de caballos y como ladrones de aquellos campos hacen las faenas para los portugueses. Changador era, pues, el que hacía changas por cuenta de otro; en este caso juntar cueros por cuenta de los portugueses.

La actividad delictiva de estos hombres de mal vivir, los continuos abigeatos, las pendencias y asesinatos, fueron permanentes motivos de intranquilidad para los primeros pobladores del Arroyo de la China, como queda revelado en la suplicación elevada al Rey Carlos IV, por el Cabildo de Concepción del Uruguay. A ello debe agregarse la ubicación geográfica de la zona, que la convertía en un pasaje sumamente apto para concretar la vinculación de los changadores con los portugueses de la Banda Oriental.

Poco a poco, el aumento de la población arraigada y honesta y una mayor vigilancia por parte de las autoridades y de los propios vecinos, fueron atenuando las consecuencias negativas de la situación descripta. El trabajo regular fue caracterizando cada vez más la vida del campo entrerriano. Tomás de Rocamora advirtió la facilidad con que el habitante desarrollaba algunas tareas. Así, refiriéndose a las caballadas, expresó que "las sacan, doman, castran y enfrenan en menos de un mes". Para agregar a renglón seguido: "Si como son hábiles y tienen facilidad entre gentes para la maniobra, tuvieran continua aplicación, ninguno de ellos carecería de la posesión de estos animales. Saben cogerlos para el marchante o patrón que les paga el día, saben por siete pesos en géneros que de conchabo se les paga por mes, dar al fin de cada uno ocho o diez caballos de freno; y los más de los que saben hacer todo esto, apenas tienen un caballo propio para montar".

Evidentemente la situación de asalariados y dependientes era extremadamente desventajosa. Era costumbre de casi todos los patrones particularmente de faeneros, pulperos y caleros - pagar a sus peones con vales a cobrar en Buenos Aires o en mercadería. En la imposibilidad de viajar a esa ciudad, quedaban obligados a cambiar sus vales por mercaderías que sus mismos patrones les vendían a alto precio. Con lo que la parvedad del salario se acentuaba considerablemente a la par que crecía el beneficio del patrón. Consciente de los abusos cometidos, Rocamora, poco antes de proceder a la erección de la villa de Concepción del Uruguay, denunció al virrey que "la mala costumbre se halla introducida en todos estos partidos, que los faeneros, pulperos, los de las caleras y otros que tienen alguna relación en Buenos Aires, precisan a sus peonadas (que hacen número), a que reciban en sus conchabos, o que si quieren plata acudan con sus papeletas que les dan, a Buenos Aires". Y a renglón seguido, el comisionado apuntó la necesidad de "satisfacérseles aquí, para que ellos compren donde les acomode y circule así la moneda".

El monto del salario que se pagaba a un peón rural - según lo apuntado por Rocamora - coincide con los datos que hemos recogido en otras fuentes, correspondientes a peones dedicados a otras actividades. El mismo giraba alrededor de siete pesos por mes y cuatro de manutención. La remuneración para los peones indígenas era menor: cinco pesos por mes y dos de manutención.

El advenimiento de la estancia colonial - de las que hubo varias en la zona del Arroyo de la China -, generalmente campos altos y provistos de aguadas naturales, determinó algunos cambios no sólo en las actividades pecuarias, sino también en el régimen de trabajo. Por lo común, el establecimiento no era trabajado directamente por el productor y su familia. El hacendado delegaba el manejo de la actividad en los mayordomos o capataces, reservándose para sí, cuando mucho, las tareas de supervisión.

El trabajo era realizado por los peones, gente de a caballo que recogía el ganado a la entrada del sol. Durante la noche ejercían una celosa vigilancia para evitar el abigeato y, al despuntar el nuevo día, llevaban el ganado hacia la aguada. El resto del día continuaban con su vigilancia, para lo que se necesitaban pocos hombres. Azara calculaba un peón por cada mil vacunos. Los campos preferidos eran aquellos que presentaban obstáculos naturales - ríos o lagunas - que permitían la formación de "rinconadas", lugares que hacían mucho más fáciles las tareas de vigilancia y control.

Las antiguas vaquerías dejaron paso a otras actividades pecuarias. La castración y la yerra fueron entonces los principales trabajos en las estancias, a lo que se agregó más tarde un proceso de beneficiamiento con la extracción de sebo y grasa y aun la salazón de carne en la misma estancia.

Muchas han sido las descripciones de estas tareas dejadas por contemporáneos.

Elegiremos una de ellas, la escrita por Diego de Alvear en 1783, es decir, en el mismo año de la fundación de Concepción del Uruguay. "La hierra es una de las operaciones más célebres de las estancias - expresa - y para ella se convidan comúnmente todas las gentes del pago. El ganado se encierra con este fin en un gran corral o cerco de estacas; los peones a caballo van sacando uno a uno los animales enlazados por las astas; y al salir por la puerta, otros peones de a pie que se hallan allí apostados, les tiran el lazo hacia las manos o pues sobre la misma carrera, voltean la res, sea vaca o toro, con una violencia increíble y no menos destreza. A este tiempo llega otro peón, le aplica la marca caliente y aflojando los dos lazos, le dejan ir libre. De este modo, con una docena de hombres yerran en un solo día sobre 200 cabezas, y por el mismo estilo marcan los caballos... En estas ocasiones suelen también practicar la castración, y los novillos por su gran cuero, mucha grasa, sebo y buena carne, rinden sin comparación, mayor utilidad que los toros".

La destreza del hombre de nuestros campos en el manejo del lazo y las boleadoras y su aptitud para domar potros, han sido destacados por muchos de los viajeros extranjeros que recorrieron la región. Como bien lo señalara Woodbine Parish, en las provincias del Plata "todo se hace a caballo". El gaucho "pasa más de la mitad de su vida sobre el arzón y a menudo come y dormita sobre la silla", dejó escrito el ilustre médico italiano Pablo Mantegazza, que llegó a Entre Ríos a mediados del siglo XIX. Y agregó: "Sin fatigarse puede recorrer durante varios días continuos ciento veinte y hasta ciento ochenta millas cada veinticuatro horas, cambiando caballos. Después de algunos meses de residencia en Entre Ríos, ya no me asombraron más tales proezas, porque yo mismo podía recorrer noventa millas sin cansarme, en el espacio de once horas y bajo el cielo abrasador de diciembre".

Con el correr de los años, las condiciones de trabajo y las formas de vida fueron mejorando paulatinamente, al menos en las estancias mejor organizadas. Así, por ejemplo, ya en los inicios de la segunda mitad del siglo XIX, en estancias pertenecientes al general Urquiza, algunas de las cuales se encontraban en el departamento Uruguay y en sus cercanías, se pagaban los siguientes salarios: el de un peón oscilaba entre 12 y 18 pesos; el de los capataces entre 25 y 30 pesos, mientras que el sueldo de mayordomo de las estancias más grandes podía llegar a 50 pesos por mes. El personal era estable, pero en épocas de yerra o esquila se contrataba un número extra de peones. También existían los puesteros.

Así, por ejemplo, en las constancias correspondientes a la estancia San José, figura Pastor Calfucurá, con un sueldo de 17 pesos mensuales.

El proceso de incrementación de la cría del lanar requirió naturalmente personal para su cuidado. Sin embargo, el gaucho entrerriano no gustó de esa tarea, aun cuando necesitara un conchabo. Un caso narrado por Manuel E. Macchi es sumamente ilustrativo.

Un recomendado de Urquiza se presentó al capataz de una de sus estancias, a fin de lograr un empleo. Como no había plaza disponible se le ofreció el cuidado de una majada, lo que fue rechazado de plano por el gaucho, porque "le gustaba más lidiar con vacas". Es que el hombre de nuestros campos se sintió disminuido en una tarea que modificaba sustancialmente hábitos tan arraigados en un proceso de muchos años.

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