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La Edad Moderna es una de las etapas en la que se divide tradicionalmente la historia, según la clasificación de Cristóbal Celarius. En su tiempo se la consideró de alcance mundial, pero hoy en día se restringe su alcance a la historia europea.

La fecha de inicio más aceptada es la toma de Constantinopla por los turcos en el año 1453, aunque también se han propuesto el Descubrimiento de América (1492) y la Reforma Protestante (1517) como hitos de partida. En cuanto a su final, cierta corriente historiográfica anglosajona tiende a considerar que estamos aún en la Edad Moderna, mientras que en nuestro entorno consideramos a nuestro tiempo como la Edad Contemporánea. El hito de separación más aceptado es el inicio de la Revolución Francesa en el año 1789, aunque también se han propuesto la independencia de Estados Unidos (1776) y el Congreso de Viena (1815). Como suele suceder, estas fechas o hitos son meramente indicativos, ya que no hubo un paso brusco de las características de un período histórico a otro, sino una transición gradual y por etapas. Es por eso que debe tomarse todas estas fechas con un criterio más bien pedagógico. La edad moderna transcurre más o menos desde el siglo XV al siglo XVIII.

Destacan en este periodo la invención de la imprenta, los grandes descubrimientos geográficos como el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, el Renacimiento, la Reforma Protestante (llevada a cabo por Lutero), la Contrarreforma Católica, el Absolutismo, el arte barroco, el Mercantilismo y el colonialismo entre otros.

Como dijimos, no hubo una transición brusca de la Edad Media a la época moderna. Los principales fenómenos históricos asociados a la Modernidad (capitalismo, humanismo, estados nacionales, etcétera) venían preparándose desde mucho antes, aunque fue en el paso de los siglos XV a XVI en donde confluyeron para crear una etapa histórica nueva.

En general, este proceso de transformación empezó con el paso de una economía agraria y rural, base de un sistema político feudal, a una comercial y urbana, base de un sistema político articulado en estados nacionales, lo que ocurrió durante la revolución del siglo XII. El principal actor social de este cambio fue la burguesía, que promovió valores tales como el humanismo, el individualismo, etcétera. Dichos valores terminaron por chocar con las grandes estructuras históricas propias de la Edad Media (la Iglesia Católica, el Imperio, los feudos, la servidumbre, etcétera), creando otras nuevas favorables al comercio y el emprendimiento individual. Estos choques cristalizaron en varias áreas distintas: en lo político con el surgimiento de estados nacionales y de los primeros imperios europeos modernos, en lo bélico con los cambios en la estrategia militar derivados del uso de la pólvora, en lo económico con el desarrollo del capitalismo, en lo artístico con el humanismo y el Renacimiento, en lo científico con el abandono del «magister dixit» y el desarrollo de la investigación empírica, en lo religioso con la Reforma Protestante y en lo filosófico con el surgimiento de filosofías seculares que reemplazaron a la Escolástica medieval. Ya para el siglo XVII, estos movimientos revolucionarios habían cambiado la faz de Europa, relegando a los actores tradicionales de la Edad Media (el clero y la aristocracia) al papel de meros comparsas de los nuevos protagonistas sociales: la monarquía absoluta, y la burguesía.

Principales fenómenos históricos de la Edad Moderna Editar

El predominio de la burguesía Editar

Los burgueses, habitantes de los burgos, se emplazaban a sí mismos fuera del sistema feudal, y se hicieron poderosos gracias a la creación de redes comerciales que abarcaban toda Europa. Ciudades comerciantes como Venecia y Génova crearon verdaderos imperios comerciales. En el norte surgió la Hansa, que dominó la vida económica del Mar Báltico hasta el siglo XVIII. Progresivamente fueron incorporándose nuevos actores, cuando exploradores como Enrique el Navegante, Cristóbal Colón, Juan Caboto, Vasco de Gama y Hernando de Magallanes se aventuraron en mares desconocidos y descubrieron nuevas tierras aprovechando una serie de mejoras náuticas: la brújula y la carabela. Aprovechando sus descubrimientos, España, Portugal y Holanda primero, y Francia e Inglaterra después, construyeron sendos imperios coloniales, cuyas riquezas estimularon aún más el desarrollo de la industria y el comercio. De esta manera en el siglo XVII, la burguesía era un estamento político casi sin contrapeso social alguno, que tenía todo el poder económico en las manos, aunque no el político. E incluso éste comenzó a caer en sus manos, cuando reyes como Luis XIV empezaron a llamar a burgueses y privados como ministros de estado, en vez de la vieja aristocracia.

Consolidación del Absolutismo Editar

En forma paralela al crecimiento de la burguesía, un puñado de reyes consolidaron sus estados nacionales, surgiendo así los actuales Estados de España, Portugal, Francia, Inglaterra, Suecia, Holanda, Dinamarca y Polonia. Esta consolidación se vivió en tres direcciones: eliminación de todo contrapoder dentro del Estado, expansión de las fronteras políticas, y eliminación de estructuras feudales supranacionales.

Los reyes absolutistas intentaron liquidar a toda posible oposición. En el siglo XVI aprovecharon el movimiento reformista para separarse de la Iglesia Católica (fue el caso de Inglaterra), o bien para debilitarla imponiéndole sus condiciones (fue el caso de España). Una vez conseguido esto, los reyes intentaron imponer la unidad religiosa a sus súbditos: en España los Reyes Católicos expulsaron a los judíos y Felipe II a los moriscos, en Inglaterra el anglicano Enrique VIII persiguió a los católicos, y en Francia Richelieu persiguió a los protestantes. Otro frente de batalla fue la nobleza, la cual intentó sublevarse en algunas ocasiones (la Fronda francesa de 1648, por ejemplo, o el golpe de estado contra el Conde-Duque de Olivares en España, en 1640), pero sin mucha suerte. El resultado de todo esto fue que el monarca absoluto se transformó en amo de un estado unitario y centralizado, en la mayor parte de los casos, con la visible excepción de Inglaterra, que cedió paso a una monarquía constitucional después de varias guerras civiles.

En lo externo, los imperios europeos buscaron ampliar sus fronteras. España se construyó un Imperio Español en América. Portugal y Holanda fundaron factorías, núcleos de futuras ciudades, en diversos puntos del mapa terrestre. Francia e Inglaterra intentaron entrar en la India, al tiempo que fundaban colonias en lo que después serán Estados Unidos y Canadá. En Europa misma tuvieron menos suerte, ya que después de desgastarse en cruentas conflagraciones (la Guerra de los Treinta Años de 1618 a 1648, y las guerras de Luis XIV), no pudieron ampliar sensiblemente sus dominios, salvo a costa de los pequeños principados feudales que sobrevivían en Alemania e Italia. Uno de estos principados, Prusia, fue creciendo hasta transformarse en el núcleo de lo que después, en el siglo XIX, sería Alemania.

Frente a todo esto, las viejas estructuras supranacionales medievales hicieron crisis. La Iglesia Católica fue incapaz de mantener unida a Europa bajo su dominio, y el Sacro Imperio Romano Germánico, después del frustrado intento por restaurarlo de Carlos V de Alemania, fue definitivamente desmantelado por el Tratado de Westfalia de 1648, el cual siguió el principio de la soberanía nacional. El Imperio siguió existiendo teóricamente hasta 1806, pero en los hechos, no era más que una presencia nominal en el mapa internacional, sin poder efectivo.

Revolución militar Editar

También el arte militar experimentó profundos cambios, que fueron correlativos a los políticos que se vivían en ese tiempo. La introducción de las armas de fuego marcó el final de la época de los caballeros feudales, y el inicio del predominio de la infantería. Al mismo tiempo, la ingeniería dio pasos de gigante, perfeccionando una nueva fórmula de defensa: el bastión. Como consecuencia, las campañas medievales se transformaron en verdaderas guerras de asedio y desgaste del enemigo, lo que explica la enorme crueldad de los conflictos durante el siglo XVII. En consecuencia, para el siglo XVIII, las guerras experimentaron un notable descenso en su beligerancia, transformándose en campañas atemperadas y con prolijas maniobras, en donde los generales arriesgaban poco y cuidaban mucho a sus tropas. Esquema que regiría los campos de batalla europeos hasta la llegada de Napoleón Bonaparte, primer general que aprovechó a gran escala el reclutamiento masivo producto del servicio militar obligatorio.

Crisis religiosa, Reforma y Contrarreforma Editar

La Iglesia Católica se había adaptado mal a la nueva vida urbana, y había mirado las transformaciones internas con reticencia. En el Siglo XIV había vivido el Cautiverio de Babilonia y el Cisma de Occidente, y en el XV, vivió un proceso de acrecentamiento del poder temporal. Ejemplos de Papas mundanos fueron, por ejemplo, Alejandro VI y Julio II, este último apodado, y no sin razón, el «Papa guerrero». Para financiarse, recurrió de manera cada vez más escandalosa a la venta de indulgencias, lo que excitó las protestas de John Wycliff, Jan Hus y Martín Lutero. Este último, cuando la Iglesia lo llamó a someterse, se rehusó, señalando que la única fuente de autoridad eran las Sagradas Escrituras. Era esta una nueva visión de la relación entre el hombre y Dios, personalista e intimista, completamente moderna, muy diferente a la idea social y comunitaria de la religión que tenía el Catolicismo medieval. Lutero obtuvo numerosos seguidores, entre ellos Ulrico Zwinglio, Juan Calvino y John Knox, que fundaron sendas iglesias reformadas.

La Iglesia Católica reaccionó tardíamente, a finales del siglo XVI, imponiendo una serie de cambios internos en el Concilio de Trento (15451563). Estrellas de esta reforma fueron Ignacio de Loyola y la Compañía de Jesús. Sin embargo, no pudo hacer regresar a la obediencia católica a numerosas naciones reformadas. Gran parte de Alemania, así como Escandinavia y las Islas Británicas ya no volverían al rebaño católico, mientras que Francia se debatiría durante años entre el protestantismo y el catolicismo, hasta que en 1685 Luis XIV revocó el Edicto de Nantes, que garantizaba la tolerancia católica hacia los hugonotes, y los expulsó. España e Italia, por su parte, amén de los recién ganados dominios ultramarinos españoles en América, permanecieron católicos.

Todo esto originó una seguidilla de guerras de religión: Carlos V de Alemania contra los protestantes alemanes, crisis civiles como la Matanza de San Bartolomé en Francia (1572), o la Guerra de los Treinta Años, que terminó transformándose en un conflicto político. Después de lo cual, las guerras de religión se acabaron, por cansancio de ambas partes.

[[:Imagen:]]=== Humanismo, Renacimiento y filosofías seculares === la guerra la realizaron simpatizantes de la APPO y el magisterio,aun asi la ciudad de oaxaca ha sido secuestrada por simpatizantes de la APPO todos ellos dirigidos por el comandante Flavio Sosa.

Barroco y Neoclasicismo Editar

El arte más representativo de la Época Moderna es el Barroco. Este estilo se caracterizaba por ser visualmente recargado, y alejado de la simplicidad y búsqueda de la armonía propias del Renacimiento. Se postula que el Barroco nació como una reacción a la crisis de la confianza humanista y renacentista en el ser humano, lo que explica su enorme carácter religioso, así como el abandono de la simplicidad clásica para intentar expresar la grandeza del infinito, y la predilección por motivos grotescos o «feos» por sobre la búsqueda de la belleza renacentista. Esto no quiere decir, de todas maneras, que el Barroco haya renunciado totalmente al Clasicismo. No en balde, uno de los más grandes monumentos de la arquitectura barroca es el Palacio de Versalles, construido en torno a la noción del culto al dios solar Apolo, como representación del monarca Luis XIV, el «Rey Sol».

En el siglo XVIII, el redescubrimiento de diversas ruinas romanas (incluyendo Pompeya y Herculano) puso de moda nuevamente el arte clásico. Esta vez, quienes se inspiraron en él lo hicieron de manera aún más rigurosa que en el Renacimiento, generando así el llamado Neoclasicismo. El Neoclasicismo es considerado muchas veces como un arte de transición, porque se lo asocia políticamente no al Absolutismo, sino a la Revolución Francesa y al Imperio Napoleónico.

Orígenes de la ciencia moderna Editar

El nuevo espíritu inquisitivo de los burgueses produjo un cuestionamiento general de la sabiduría medieval, basada en el criterio de autoridad, y expresada en aforismos como «magister dixit» («el maestro lo ha dicho») o «Roma locuta, causa finita» («Roma ha hablado, la cuestión está terminada»). Nació así la investigación empírica de la naturaleza, aunque durante mucho tiempo, seguiría bastante lastrada por las concepciones predominantes en la Edad Media.

1543 fue el año decisivo, en el cual dos obras claves introdujeron profundas revoluciones: Nicolás Copérnico postuló por primera vez el Heliocentrismo cuestionando así el Geocentrismo del griego Tolomeo, mientras que Andrés Vesalio revisó la anatomía de Galeno. La senda abierta por ambos fue fructífera: en Física y Astronomía, los aportes acumulados de Tycho Brahe, Galileo Galilei y Johannes Kepler cambiaron la visión del universo, mientras que lo propio hacían en la Medicina Miguel Servet, William Harvey y Marcello Malpighi, entre otros. En tanto, en el siglo XVII, toda una escuela de matemáticos italianos como Bonaventura Cavalleri, por ejemplo, prepararon las herramientas matemáticas necesarias para que Isaac Newton postulara de manera científica la Ley de la gravedad, con la publicación de los Principios matemáticos de filosofía natural en 1687.

Algo más tarde, y como resultado de la combinación de este espíritu con los fenómenos asociados al capitalismo, se desarrollaron las primeras doctrinas económicas propiamente tales: el Mercantilismo y el Fisiocratismo. En 1776, el escocés Adam Smith le da el vamos a la moderna Economía, con su libro La riqueza de las naciones.

El principio del fin de la Edad Moderna Editar

Durante toda la Edad Moderna el poder político había estado claramente radicado en los monarcas absolutos, bien sea por ellos mismos, o bien sea a través de la institución del valido, como en España el Duque de Lerma o el Conde-Duque de Olivares, en Francia Richelieu y Mazarino, y en Inglaterra Buckingham. La burguesía era el estrato social más importante de todos en lo económico, pero su poder político venía del monarca. En forma paralela el clero y la aristocracia, supervivientes del mundo feudal, profitaban como una casta ociosa, que no ofrecían gran cosa a la sociedad, pero que estaban exentos de impuestos y gozaban de enormes riquezas. Era natural, entonces, que la burguesía soñase cada vez más con alcanzar el poder político.

Esta lucha se vivió primero en Inglaterra, que en el siglo XVII vivió varias guerras civiles. Terminaron éstas en 1688, con la llamada Revolución Gloriosa, en donde los ingleses consiguieron imponer al rey Guillermo III de Inglaterra un sistema político que garantizaba plenamente los derechos humanos, sentando así las bases de la democracia moderna. No era ésta perfecta, ni tampoco completamente representativa, pero estaba en ella presente la idea de que el poder del rey está limitado por la soberanía popular, ideas que se encargó de sistematizar el filósofo John Locke.

En el siglo XVIII, se esparcieron en Europa las ideas de la Ilustración, creando el llamado Siglo de las Luces, y que se inspiraba fuertemente en el ejemplo inglés. Aunque políticamente los ilustrados tenían muchas ideas diferentes entre sí, la mayoría estaba de acuerdo en conceptos tales como «soberanía popular» y «separación de poderes», todo lo cual iba directamente en contra del Absolutismo. La reacción monárquica osciló entre la represión, y la aceptación parcial de sus ideas, esto último dando por resultado el Despotismo Ilustrado.

De todas maneras, a finales del siglo XVIII se había acumulado mucha presión en la caldera social, estallando una serie de rebeliones contra la autoridad, que tenían por mira llevar a la burguesía al poder. En Estados Unidos se vivió bajo la forma de movimiento independentista, producido en 1776, que llevó a la construcción de un estado federal, bajo la Constitución de 1787. En Francia llevó a la Revolución Francesa primero, que estalló en 1789, y al Imperio Napoleónico después, seguidas por los epílogos de las revoluciones de 1830 y 1848. En Latinoamérica, se vivió bajo la forma de un gran movimiento independentista, librado entre 1810 y 1824, que hizo pedazos el Imperio Español y creó en su reemplazo una serie de repúblicas de nuevo corte burgués. Todos estos eventos son generalmente considerados el final de los «tiempos modernos» y el inicio de la Edad Contemporánea.


Predecesor:
Edad Media
Edad Moderna
1453-1789
Sucesor:
Edad Contemporánea

Véase tambiénEditar

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