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Las Geórgicas o Las Geórgicas, escritas por Virgilio o Publio Vergilius Marón, a continuación ponemos el libro cuatro que trata de abejas.

Nacido en Andes, cerca de Mantua. en el año 70 a.C., Era hijo de un hombre de modesta condición y llegado a cierto bienestar gracias a la agricultura. Realiza sus primeros estudios en Cremona, y en el año 55 o 53 asumió la toga viril. Se traslado pronto a Roma, sientiendose atraido por la poesia y la filosofia.

Su talento le proporcionó la amistad del emperador Augusto y de Mecenas, y por complacer a este último escribio Las Geórgicas, en las que invirtió siete años. Después emprendió la composición de su gran poema La Eneida, que desgraciadamente no pudo continuar. Otras obras importantes fueron Las Églogas y las Bucólicas.

Falleció el año 19 a.C.

Libro IV Editar

A continuación voy a tratar de la miel aúrea, regalo del cielo: mira también esta parte, Mecenas. Voy a hablarte del maravilloso espectáculo de unos hechos insignificantes: jefes esforzados, lascostumbres punto por punto de la raza entera, sus afanes, pueblos y combates. De asunto menudo es la tarea, másno es menuda la gloria, si le dejan a uno las divinidades hostiles y le escucha Apolo, cuando se lo invoca.

En primer lugar, hay que buscar un emplazamiento fijo para las abejas, donde no tengan entrada los vientos (pues los vientos impiden llevar a casa el alimento) y las ovejas y los cabritosretozones no brinquen entre las flores, ni la novilla vague por la llanura sacudiendo el rocío y quebrando las plantas que crecen.

Hay que alejar también de las sabrosas colmenas los lagartos de lomos pintados y llenos de escamas, los abejarucos y demás pájaros, y a Progne, que se ha señalado el pecho con las manos ensangrentadas. Pues llevan la devastación por todas partes y se llevan a las abejas en el pico volando, dulce comida para sus nidos despiadados. En cambio, debe haber cerca fuentes cristalinas, charcas que verdean de musgo y un riachuelo estrecho perdido entre la hierba. El vestíbulo debe sombrearlo una palmera o un acebuche grande, de modo que cuando los nuevos reyes guíen los enjambres en la primavera como es lo suyo, y ande jugueteando la juventud salida de los panales, una rivera vecina les invite a apartarse del calor y las retenga un árbol en su camino con la hospitalidad de su follaje. En medio del agua, tanto si esta quieta como si corre, echa de través troncos de sauce y piedras grandes, para que haya bastantes puentes en que puedan posarse y extender las alas al sol del verano, si acaso el euro ha salpicado a las retrasadas o las ha zambullido furiosamente en el agua. Que florezcan alrededor jaras verdes, serpollos de intensa fragancia y buena cantidad de ajedrea de olor pesado; que los violares beban de la fuente que los riega.

En cuanto a las colmenas, tanto si están hechas pegando corchos ahuecados o entretejiendo varetas de mimbre flexible, deben tener entradas angostas, pues el invierno encoge la miel con su frío y el calor a su vez la pone líquida. Uno y otro inconveniente debe temerse con las abejas. No sin propósito obturan ellas a porfía en sus casas las rendijas minúsculas con cera, rellenan los bordes con resina y jugo de las flores, y con estos mismos objetivos recogen y guardan el glúten, más viscoso que la liga y que la pez del Ida frigio. Muchas veces también, si es verdad lo que dicen, han excavado un escondrijo y han abrigado su hogar bajo tierra, y se las ha hallado muy hondo en el hueco de una piedra pómez o en el agujero de un árbol carcomido. Sin embargo, para darles calor, impregna las rendijas de su guarida con barro alisado y echa por encima algunas ramas. No permitas tejos demasiado cerca de su casa; no hagas enrojecer cangrejos al fuego; no te fíes de una charca profunda ni de un lugar donde haya fuerte olor a cieno o donde las rocas huecas resuenan con las sacudidas y el eco repite la voz que llega.

Por lo demás, cuando el áureo sol ha ahuyentado al invierno y lo ha metido bajo tierra, y se ha abierto el cielo con luz del verano, ellas recorren al instante los cerros y las selvas, succionan flores purpúreas y beben ligeramente de la superficie de los ríos. Así es como dichosas por no se que dulzor crían su descendencia y sus nidos, así es como forman con arte la cera fresca y crean la miel pegajosa.

Luego, cuando veas que el escuadrón ha partido ya de la colmena y navega a través del aire puro del verano hacia las estrellas del cielo y quedes sorprendido de ver una nube oscura arrastrada por el viento, fijate bien: siempre buscan el agua dulce y la protección del follaje. Difunde aquí los olores que te aconsejo: toronjil majado y la planta vulgar de la borraja; promueve un cascabeleo y agita a su alrededor los címbalos de la Madre. Ellas solas se posarán en el emplazamiento que has acondicionado; ellas solas se meterán según su costumbre en lo más hondo de las celdas, su cuna.

Pero si salen para pelear (pues muchas veces surge la discordia entre dos reyes y se arma un gran revuelo: pronto cabe presagiar de lejos la pasión de la multitud y como sus corazones se agitan con la guerra. Pues el conocido toque marcial del ronco bronce instiga a los rezagados y se oye una voz que imita el deje quebrado de las trompetas. A continuación se reúnen llenas de excitación, chispean sus alas, afilan sus dardos con la trompa y preparan sus músculos. En torno a su rey y de los propios reales se apiñan, y retan al enemigo con grandes gritos. Así que cuando hallan un día claro de primavera y un campo abierto, se abalanzan por las puertas. Se produce el encuentro; en lo alto del aire se origina un zumbido, se amontonan mezclándose en un gran círculo y van cayendo de cabeza.

No cae más apiñado el granizo desde el aire ni llueve tantas bellotas la encina sacudida. En medio de las filas los propios reyes con sus alas vistosas agitan un gran espíritu en su pecho minúsculo, esforzándose por no ceder hasta que el vencedor inexorable obliga a unos o a otros a dar la espalda y huir. Estos arranques de pasión, estos combates tan grandes, con arrojarles un poco de polvo se calman y eliminan.

Pero cuando hayas sacado a ambos caudillos del campo de batalla, condena a muerte el que te haya parecido peor, para que no sea un estorbo superfluo; deja que el mejor reine solo en la corte. Uno de los dos (pues hay dos clases) tendrá el brillo de manchas recamadas en oro: éste es el mejor, distinguiéndose por su cara y el resplandor de sus escamas rutilantes; el otro, escúalido por la inacción, arrastra innoblemente su vientre dilatado. Igual que la pinta de los reyes es diferente lo son también los individuos del pueblo. Pues algunas son feas y peludas como el escupitajo que el caminante acalorado arroja de la boca seca cuando llega de atravesar una intensa polvareda. Otras brillan y resplandecen de claridad con su cuerpo encendido en gotas de oro simétricas. Esta es la clase superior; de ellas sacarás en épocas fijas del añoo la miel dulce, y no tan dulce como transparente y apropiada para rebajar el sabor fuerte de Baco.

Más cuando los enjambres vuelan a la ventura, juguetean en el cielo, desprecian los panales y abandonan sus casas al frío, debes reprimir ese espíritu inestable y su juego inútil. Y no supone gran esfuerzo reprimirlo: arrancales las alas a los reyes; si ellos vacilan, ninguna osará emprender el camino a lo alto ni levantar el campamento. Invítenlas jardines que huelan a la flor de azafrán y guárdelas con su guadaña de sauce el guardián de los ladrones y las aves, Priapo, el protector del Helesponto. El que se encargue de tales tareas y no otro debe traer tomillo y pinos de los montes altos y sembrarlos por todos los alrededores de la colmena; Él, y no otro, debe encallecer sus manos con el trabajo duro; Él, y no otro, clavar esquejes fértiles en la tierra y regarlos con lluvias benéficas.

A propósito: si no estuviese ya recogiendo velas, al término final de mis trabajos, y dándome prisa a enfilar proa a tierra, tal vez cantaría también que atenciones y cultivos hacen hermosos los vergeles lozanos, cantaría las rosaledas de Pesto, que florecen dos veces, y de que manera la endivias se alegran con los riachuelos en que beben y las riberas verdes con el apio, y como el pepino retorcido entre la hierba engorda su vientre. Tampoco pasaría en silencio el narciso que echa hojas tarde, ni el tallo del cardo flexible, ni las hiedras pulidas ni los arrayanes que gustan de las costas.

Es que me acuerdo de haber visto al pie de las torres de la ciudadela ebalia, por donde el negro Galeso humedece los amarillentos cultivos, un viejo de Córico, que poseía unas pocas yugadas de terreno abandonado, un suelo que no rendía con los novillos, ni era apropiado para las ovejas ni bueno para Baco. Este, sin embargo, plantando entre las breñas alguna que otra verdura y por los alrededores lirios blancos y adormideras comestibles, se hacía la ilusión de igualar las riquezas de los reyes y al regresar a casa entrada la noche atiborraba su mesa de manjares que no había comprado. Era el primero en coger la rosa en primavera y en oto±o las frutas. Y cuando el invierno triste hacía todavía estallar de frío las rocas y frenaba con el hielo el curso de las aguas, Él ya estaba recortando las hojas del blanco jacinto, maldiciendo el retraso del verano y la tardanza de los céfiros. De modo que era también el más abundoso en abejas productivas y número de enjambres y el primero en sacar la miel espumosa de los panales escurridos. Tenía tilos y pinos riquísimos, y toda la fruta de que se había ataviado el fértil árbol con la flor nueva esa misma tenía madura en otoño.

El también transplanta a las hileras olmos crecidos, el peral bien duro, endrinos que echaban ya prunas y el plátano que proporcionaba sombras a los bebedores. Pero yo, constreñido por la estrechez de espacio, paso de largo y dejo este tema a otros para que lo traten después de mí.

Pues ahora voy a describir la naturaleza que Júpiter puso en las abejas, el favor por el que siguieron los acordes melodiosos de los curetes y el retumbar de sus bronces y alimentaron al rey del cielo en la cueva de Dicte. Sólo ellas conocen una patria y un lugar fijo, y, acordándose del invierno que ha de venir, realizan su trabajo en el verano y almacenan lo afanado para uso común. Pues unas velan por la alimentación y, según el pacto establecido, se emplean en los campos; otras, dentro de los confines de sus casas, echan los primeros cimientos de los panales con la lágrima del narciso y la goma viscosa del corcho; luego van pegando la cera tenaz. Otras hechan fuera las crías crecidas, esperanza de la raza. Otras amontonan miel purísima y atiborran las celdillas con néctar transparente. Hay algunas a las que ha caído en suerte la guardia de las puertas, y vigilan por turnos las aguas y nubes del cielo, o relevan de la carga a las que llegan, o, formadas en pelotón, rechazan de la colmena a los zánganos, animalillos improductivos. Bullen de actividad, y la miel huele con la fragancia del tomillo. Y como cuando los cíclopes fabrican aprisa los rayos con el mineral dúctil, unos cogen y sueltan el aire en los fuelles de piel de toro, otros mojan en el bargueño los bronces chirriantes. La cueva gime con los yunques que tiene encima; a porfía levantan rítmicamente los brazos con gran fuerza y dan vuelta al hierro con la tenaza agarradora. No de otro modo (si se me permite comparar lo chico con lo grande) el deseo innato de tener urge a las abejas cecropias, cada cual en su puesto. Las viejas tienen a su cargo la ciudad, construir los panales y diseñar las artisticas casas. Por su parte, las jóvenes, avanzada la noche, regresan cansadas con las patas llenas de tomillo. Liban también por todas partes madroños, sauces verdes, jara, azafrán rojizo, tilo resinoso y jacintos oscuros. Todas tienen el mismo descanso de sus fatigas, todas, el mismo trabajo: por las mañanas se abalanzan sobre las puertas; en ningún lugar hay tardanza. Cuando de nuevo la tarde les aconseja que salgan por fin del campo donde libaron, entonces se encaminan a casa, entonces reponen fuerzas. Se produce un ruido mientras zumban alrededor de los bordes y el umbral. Luego, cuando ya se han acomodado en sus dormitorios, reina el silencio durante la noche y un sueño merecido se apodera de sus miembros cansados. Y en verdad que no se apartan lejos de la colmena cuando amenaza la lluvia, ni se aventuran al cielo, cuando llegan los euros, sino que van a por agua por los alrededores, protegidas por las murallas de la ciudad y se arriesgan a salidas cortas. Muchas veces levantan piedrecillas, como el lastre de las barcas inestables en el vaivén de las olas, con las cuales mantienen el equilibrio a través de las nubes vaporosas.

Una característica que conviene a las abejas y que sin duda admirarás, es la de que no practican la cúpula ni entregan con indolencia sus cuerpos a Venus ni alumbran sus crías con dolores, sino que ellas solas recogen con la trompa a sus hijos de las hojas y las hierbas suaves, ellas solas procrean el rey y los pequeños quirites, y reforman su corte y reinos de cera. Muchas veces han desgastado también las alas errando por los duros peñascos, y han rendido incluso la vida bajo el fardo; tan grande es su amor por las flores y la gloria de hacer la miel.

De manera que aunque el término impuesto a la vida de los individuos es reducido (de hecho no pasa de siete veranos los que viven), la raza en cambio permanece inmortal. La fortuna de la casa persiste durante muchos años y se cuentan los abuelos de los abuelos.

Por lo demás, ni el Egipto, ni la enorme Lidia ni los pueblos partos ni el Hidaspes medo reverencian a su rey como ellas. Mientras el rey está a salvo todas tienen una mente unánime. Cuando lo pierden, rompen su fidelidad, desbaratan los montones de miel y deshacen los zarzos de los panales. El es el salvaguarda de su actividad, por Él sienten admiracíon y todas se colocan a su alrededor con un zumbido intenso y lo cortejan apiñadas. Muchas veces lo levantan a hombros, exponen por Él sus cuerpos en la guerra y buscan una muerte hermosa a base de heridas.

Por signos como estos, y llevados por estas manifestaciones, algunos han dicho que las abejas poseían una parte de la mente divina y efluvios celestes. Pues la divinidad -afirman- atraviesa todas las tierras, los trechos del mar y el cielo profundo; por ellas es por la que cada ser, el ganado mayor y menor, los hombres, todas las especies de fieras, atraen hacia sí al nacer el soplo de la vida. Luego, todos los seres se descomponen y son llevados a ella, por supuesto, y no ha lugar a la muerte, sino que vuelan vivos a engrosar el número de las estrellas y a situarse en el alto cielo.

Cuando quieras castrar la augusta mansión, las mieles guardadas como un tesoro, primero límpiate la boca, enjugándola con un sorbo de agua, y tiende con tu mano una cortina de humo pertinaz. Dos veces recolectan el abundante producto; dos son las épocas de la mieles: tan pronto como la pléyade Taígete ha mostrado sobre la tierra su faz hermosa y rechazado con el pie las corrientes del Océano que desprecia, o bien cuando esta misma, huyendo de la constelación del Pez acuoso desciende un tanto triste del cielo a las aguas invernales. La cólera de las abejas es desmesurada. Cuando se las molesta inoculan veneno en sus picadas, dejan el aguijón ciego que clavan en las venas y pierden la vida en la herida.

Pero si temes un invierno riguroso y velas por su fruto, si sientes compasión de sus ánimos rotos y de su hacienda quebrantada, quién va a dudar a pesar de todo en fumigar con tomillo y arrancar las ceras vacias?. Pues muchas veces la salamandra se comiá a escondidas los panales y la colmena se llenó de cucarachas que rehúyen la luz. El zángano improductivo se sienta a la mesa ajena o el abejorro desagradable se ha metido por medio con armas desiguales, o la cruel especie de la polilla, o la araña, odiosa a Minerva, ha colgado en las jambas sus hilos flojos. Cuanto más arruinadas se encuentren con tanta mayor actividad se volcarán todas para reparar el derrumbamiento de la raza abatida, llenarán sus celdillas y recubrirán de flores sus silos.

Ahora bien, si sus cuerpos (puesto que la vida dio nuestras desgracias también a las abejas) languidecen con la triste enfermedad (cosa que podrás conocer pronto por señales indudables: nada más enfermar les cambia el color; una horrible delgadez deforma su cara; además, sacan de casa los cuerpos de aquellas que perdieron la vida y guían tristes entierros. O bien cuelgan del umbral agarradas por las patas o andan todas vacilantes en el interior de sus casas cerradas, acobardadas por el hambre y llenas de pereza con el frío que las encoge. Entonces se oye un sonido más grave y zumban con largo deje, como cuando murmura en las selvas el frío austro, como brama el mar revuelto cuando refluyen las olas, como el fuego arrebatado crepita en los hornos cerrados), entonces te aconsejaría que quemases el perfume del gálbano y les introdujeses miel en canutos de caña, animando diligentemente e invitando a las abejas desganadas al alimento conocido. Será bueno también mezclar el sabor de la gállara majada, rosas secas, vino espesado por la larga cocción, o bien uvas pasas de la vid psithia, tomillo cecropio y centauras de pesado olor. Hay también una flor en los prados a la que los agricultores dan el nombre de mielga; planta fácil de encontrar, pues tiene amarillo el centro y alza de su raíz única una enorme frondosidad, pero en los pétalos que se desparraman alrededor en abundancia reluce el púrpura de la violeta roja. Muchas veces se han adornado los altares de los dioses con guirnaldas trenzadas con ella. Su sabor es áspero al paladar; los pastores la cogen en los valles repelados y junto a la corriente sinuosa del Mela. Cuece sus raices con vino aromatizado y sírvelas de comida en las puertas a canastos llenos.

Pero si a alguien se le pierde toda la especie y no halla el modo de rehacer de nuevo la prole, es el momento de revelar el descubrimiento memorable de nuestro arcadio y la manera como ya muchas veces la sangre podrida de novillos muertos ha engendrado abejas. Voy a narrar en profundidad toda la leyenda, remontándome al mismo origen. Pues en donde el pueblo afortunado del Canopo de Pela habita el Nilo, cuya corriente desbordada hace lagunas, y en barcas pintadas recorre sus campos, donde presiona la vecindad de la Persia del carcaj, y el río con su negra arena fecunda el verde Egipto, y, despeñandose, discurre por siete desembocaduras diferentes, después de descender de los indos siempre tostados, todo el pais pone su esperanza de salvación segura en este procedimiento.

En primer término, se elige un lugar reducido y se le estrecha para este mismo objetivo. Lo cubren con un techo angosto de tejas y paredes muy juntas, y le añaden cuatro ventanas para que reciban oblicuamente la luz desde los cuatro vientos. Entonces, se busca un novillo que vaya curvando los cuernos en su frente de dos años; se le taponan, aunque se oponga con fuerza, los dos orificios nasales y la respiración de la boca; una vez muerto a golpes, se machacan y deshacen las vísceras a través del pellejo intacto. Puesto de este modo lo dejan encerrado y colocan bajo sus costillas trozos de ramas, tomillo y jaras frescas. Esto se lleva a cabo cuando los céfiros empiezan a agitar las olas, antes de que los prados enrojezcan con los nuevos colores, antes de que la golondrina parlanchina cuelgue su nido de las vigas. Mientras tanto, un líquido tibio fermenta en los huesos reblandecidos y unos animales dignos de ver por su aspecto maravilloso, al principio truncos de patas, luego con alas estridentes también, empiezan a pulular y a tomas más y más aire sutil, hasta que brotan como la lluvia derramada por las nubes del verano, o como las flechas que impulsa la cuerda del arco cuando los partos ligeros empiezan los prolegómenos del combate.

Qué dios, Musas, qué dios ha fraguado este método para nuestro servicio? Como echa a caminar esta extraña aventura entre los hombres?

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